Freddy Rojas, martir comunista de la democracia


El crimen fue en Tucumán.

En Tafí Viejo puntualmente y la historia merecería que todos los que proclaman su compromiso con la democracia (cualesquiera fuera la concepción que tengan de ella) rindan en estos días el homenaje que se merece aquel joven tucumano asesinado por los esbirros de Bussi en los inicios de su campaña política, aprovechándose de la impunidad regalada por Alfonsín y el Pejota, que lo llevaría a la segunda gobernación de la provincia (la primera había sido con mandato militar y en pleno apogeo del baño de sangre dictatorial) y al momento de mayor bochorno para la “democracia” argentina: la legitimación de un genocida como gobernante “democrático”.

Hace un tiempo, y en Tucumán, su amigo Juanjo, me contó detalles de la historia.  Fredy era un militante de la Juventud Radical y se había relacionado con la Fede por la común participación en la Coordinadora de Juventudes Políticas.  Por entonces Juanjo era de la Fede y lograron un acuerdo conceptual sobre el tema de la deuda externa que Fredy se comprometió a llevar a debate al seno de su organización, cosa que hizo en la primera oportunidad que tuvo con la sorpresa de recibir la justificación típica de la “izquierda radical”: es justo lo que dices, pero no se puede dejar de pagar la deuda porque….Allí Fredy conoció en carne propia donde podía llevar el posibilismo alfonsinista, entonces la “máxima creación intelectual” de los que decían entender los cambios habidos en la Argentina y el mundo.

Pero no lo convencieron, no lo quebraron, no lo corrompieron.  Fredy decidió que la lucha debía continuar en otro espacio y aceptó la invitación de incorporarse primero a la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y luego a la Federación Juvenil Comunista.  Y fue entonces, casi justo en esos mismos días, que llegó la noticia a Tafí Viejo de que Bussi llegaría con su campaña electoral hasta la ciudad ferroviaria por excelencia, donde estaban los talleres y donde la tradición de izquierda venía de lejos.

Y fue él,  precisamente él quien se rebeló contra el posibilismo de los que decían que no se puede impedir que el fascista General actúe en política y quien más huevo puso en organizar la marcha de las Juventudes Políticas de repudio al fascismo. Y allí fueron los jóvenes comunistas, los de la Liga, los de la Coordinadora, y con ellos Fredy.

Cuentan que el padre de Fredy, asustado por los peligros de la confrontación previsible, se acercó a la marcha y le pidió que salga de la columna a lo que Fredy respondió que nunca había estado en el lugar tan adecuado y que no saldría de allí.  El resto de la historia es conocida: la columna se acercó adonde se montaba la escena para el General, confrontó como pudo y en un momento los matones dispararon contra ella, hiriendo a  tres compañeros.

Dos se salvaron, pero Fredy agonizó en un sanatorio tucumano hasta noviembre. Como parte de la acción solidaria y de la lucha por enjuiciar los asesinos, la Liga Argentina por los Derechos Humanos encomendó al Dr. Carlos Zamorano, tucumano, ex preso político y radicado en Buenos Aires, que viajara a Tucumán a colaborar con las acciones judiciales y políticas, misión que Zamorano cumplió, como era de esperar.  Fue al sálir de visitar a Fredy en el Sanatorio que el comentario fue inesperado: que hermoso joven, fue lo único que pudo decir. Hermoso por sus facciones tan armónicas, hermoso por lo valiente, hermoso por lo heroico en el sentido que Julius Fucick le daba al término en su “Reportaje al pie del patíbulo”: héroes son los que hacen lo que hay que hacer, en beneficio de la humanidad, no importa la situación ni los peligros.

Hacer lo que hay que hacer.  ¿Y por qué cayó sobre los hombros de un joven comunista el hacer lo que se debía, es decir, salir a enfrentar al fascismo?

Porque los que tenían los medios para hacerlo sin peligro, los que contaban con la mayoría en el Congreso Nacional y la Legislatura Provincial, los que ejercían la Presidencia de la Nación y la Gobernación de la Provincia no lo hicieron. Conciliaron con el fascismo como habían hecho en 1975 cuando aparecieron los de la Triple A y ellos ordenaron el Operativo Independencia (cuando firmaron los decretos de “aniquilamiento de la subversión”), como hicieron el 24 de marzo y cada vez que se tuvieron que enfrentar de verdad con el núcleo duro del Poder y su referencia imperial. Ahora, que el bussismo parece terminado, reemplazado casi totalmente por una variante del kirchnerismo, la de Alperovich, conviene recordar que los que ahora lo heredan fueron cómplices de su ascenso, como la rigurosa impunidad que protege a los asesinos de Fredy lo confirma.

Si la claudicación de Semana Santa pareciera ser el símbolo más contundentes de la defección democrática del progresismo, la muerte de Fredy en combate contra el fascismo en proceso de legitimación democrática debiera ser uno de los signos más poderosos de una identidad que ha hecho de la defensa de la democracia uno de sus valores fundantes.

Una democracia que se despliegue en las calles y se haga realidad en el protagonismo popular lejos de la miseria del clientelismo y las componendas con el Poder maquilladas mediaticamente.

Exactamente cómo lo soñaba Fredy aquel día de agosto tucumano, hace ya veinte años

La muerte de una rata


Murió impune Nicolás Correa,un represor que actuóen La Cuarta y el circuito santafesino.

En una tarde de finales de noviembre de 1976, un grupo de tareas secuestró a una maestra, originaria del norte santafesino, del Centro Clandestino de Detención que funcionaba en la seccional Cuarta de la Policía Provincial, en la esquina de Bv. Zavalla y Tucumán de la capital santafesina. La compañera continúa desaparecida.    Yo estaba allí desde el 12 de octubre y había tratado, junto al resto de los compañeros detenidos, de socorrerla cada vez que se desmayaba por el efecto del hambre en una persona con diabetes, pero no sabía entonces ni su nombre ni el del jefe del grupo de tareas que periódicamente penetraba en las celdas del CCD y se llevaba compañeros para la tortura en el mismo centro o en La Casita.

Fue luego de la detención del ex Juez Brusa (Víctor Brusa llegó a ser Juez Federal de Santa Fe a pesar de haber sido denunciado por su compromiso con el Terrorismo de Estado, al menos desde 1984), el Curro Ramos y el “Tío” Nicolás Correa que pude identificar a la compañera desaparecida como Alicia López Rodriguez de Garraham y al represor como el nombrado Correa que fuera acusado por muchos sobrevivientes, acusaciones que fueran dada por probadas en primera instancia tanto en el Auto de Procesamiento emitido por el Juez Rodriguez (hoy apartado de la causa)   el 17 de febrero de 2005 como por la Cámara Federal de Rosario (más conocida como la maquina de salvar represores) el 29 de diciembre de 2005.

A pesar de haber denunciado la desaparición de Alicia en todas las instancias posibles: la Audiencia Nacional Número Cinco de Madrid, el Consejo de la Magistratura que destituyó a Brusa y en la propia Causa Penal donde se denunció y encarceló a Correa, jamás logramos que se diera identidad al secuestro de Alicia, siendo las acusaciones judiciales sólo de   privación ilegitima de libertad agravada, vejaciones, apremios ilegales coacción y tormentos.  La acusación de asociación ilícita fue desestimada por razones formales, razones que terminaron apartando al Juez Rodríguez de la Causa.   Correa fue acusado de torturar al menos a Anatilde Bugna, Ana María Cámara, Stella Maris Vallejo, Jorge Pedraza, Orlando Barquin, Eduardo Almada y Mariano Millán, pero no de la desaparición forzada de Alicia..

Pues bien, Nicolás Correa, militar, miembro primero del Servicio de Inteligencia del Ejercito y luego, ya retirado, de la SIDE, acaba de fallecer sin condena.   Como se lo propuso al adoptar, junto al resto de los represores y con la ayuda del Poder Judicial, la estrategia de estirar y estirar los tiempos judiciales para obtener el mismo resultado que logró Pinochet en Chile y tantos otros en la Argentina: ya que no se puede evitar que se inicien los Juicios, que no haya ni juicio ni castigo.

Correa secuestró a Alicia en noviembre de 1976, fue acusado formalmente de graves delitos de lesa humanidad en febrero de 2005 por medio de un auto de procesamiento que fue ratificado (al menos en la parte sustancial que tocaba a Correa) en diciembre de dicho año y murió sin juicio ni condena en agosto de 2007.

¿Se entiende entonces de que hablamos cuando pedimos aceleración de los juicios con una doctrina adecuada que no trate ni a los represores ni a los delitos como actos individuales, sino como lo que fueron, acciones componentes de un Plan Sistemático de Exterminio, que determinó un Genocidio, y que sigue impune como la muerte del miserable Nicolás Correa lo confirma.? ¿Se podrá entender la extraña sensación de genuina alegría por la muerte de una rata junto con la sana preocupación por el futuro de la causa y para que no muera un solo represor más sin juicio ni castigo?

Por mi parte solo puedo pensar en Alicia, en la imagen de su cuerpo cayendo desmayado en el pasillo que iba de la “tumba” al baño, ese que estaba al lado de la cocina, frente al patio de la Cuarta, justo en el lugar donde en una celda pelada, comenzaba mi recorrido por el circuito de la Cuarta, La Guardia, Coronda: recorrido que no olvidamos ni perdonamos y ni la muerte de una rata nos hará ceder en la demanda de justicia para Alicia y para todos.