A ciento un años del “Que Hacer”: hay que refundar la izquierda argentina.


Uno.

En febrero de 1902, un joven exiliado político ruso publicaba un libro consagrado a la crítica del ala derecha, no ya en las corrientes literarias, sino en la organización socialdemócrata”[1].  Era su aporte a la batalla entre revolución y reforma que se daba en el seno de la II Internacional.  Aunque unos años mas tarde[2], el propio autor limitaría sus alcances a los debates de época, el Qué Hacer fue convertido en justificación de la fosilización stalinista de la teoría del partido, provocando una reacción espejo en quienes le adjudicaban la máxima responsabilidad de las desviaciones sufridas por el partido de los bolcheviques y sus trágicas consecuencias para el proceso revolucionario ruso. A casi trece años de la desarticulación del estado soviético, la polémica se mantiene en gran medida en esos términos, aunque las posiciones se han invertido: los que lo denigran adjudican a su recto cumplimiento el fracaso del experimento revolucionario, los que lo defienden piensan que la recuperación no vendrá del regreso irrestricto a las fuentes sino de su re-creación en las nuevas circunstancias mundiales y nacionales. Es por ello que a ciento un años de su publicación, el Qué Hacer de Vladimir Ilich Ulianov, más conocido por su nombre clandestino: Lenin, sigue provocando debates encendidos.

¿Qué significado concreto puede tener la discusión de la vigencia de Qué Hacer a comienzos del siglo XXI en una América Latina conmocionada por la creciente resistencia al dominio imperialista yanqui, donde las experiencias de autonomía, democracia directa o construcción de cultura alternativa son centrales (y estoy pensando en los Sin Tierra del Brasil, los movimientos campesinos y de pueblos originarios de Ecuador, Bolivia y México, las propias FARC de Colombia y -en primer lugar- en el proceso revolucionario cubano)?. ¿Acaso la aplicación lisa y llana de sus enfoques y propuestas?. En una autobiografía mas que sugerente[3], el filosofo francés Lois Althusser, descalifica a una de sus discípulas más famosas argumentando que “la prueba de su incomprensión es que repite lo que yo digo”. No será así, repitiendo para otro tiempo y lugar los conceptos leninistas, que se podrá encontrar la vigencia del  Qué Hacer sino contextualizándolo en su época histórica concreta, en el momento exacto de la lucha de clases en Rusia y en el modo que esa lucha se expresaba en el terreno de la cultura y la política.

Nadie escribe por escribir. Nadie escribe para los tiempos futuros o la eternidad sino como parte de un proyecto político concreto que, para desplegarse, debe confrontar con el del enemigo de clase y disputar con otros proyectos de izquierda que pugnan por direccionar la lucha obrera y popular. Y además, nadie nace sabiendo, por lo que es absolutamente comprensible que el pensamiento de los grandes líderes revolucionarios se critique a sí mismo, se modifique en relación a los debates y la práctica de la lucha de clases real. Es más, posiblemente  sea ese uno de los rasgos que caracteriza a los grandes: la capacidad de superarse por el camino de la auto-crítica.

Dos

En el pensamiento de Lenin sobre los temas tratados en el Qué Hacer hay un antes y un después del proceso de luchas obreras de 1895/1896; hay un antes y un después de la Revolución Rusa de 1905 (el gran ensayo general sin el cual no habría habido victoria en el ´17), y aún –especialmente sobre los temas de la democracia interna en el partido y sobre el protagonismo popular en la revolución- hay un antes y un después del triunfo sobre los intervencionistas extranjeros y los contrarrevolucionarios en las condiciones de aislamiento político, bloqueo económico y hostilidad militar a que se ve sometida la Revolución de Octubre.  Seguir todos los recorridos, con sus afirmaciones y negaciones, parciales o fundamentales, equilvadría casi a un tratado sobre el pensamiento leninista, cuestión que obviamente nos excede en espacio y capacidad.

Pero al menos, como muestra de la necesaria actitud crítica -que pretendo para mi y reclamo para todos- ante la obra de Lenin, permítanme citar su pensamiento  de 1895[4]: “¿De qué modo pueden los obreros adquirir comprensión de todo esto (de su conciencia de clase, Nota del autor)?. La adquieren extrayéndola constantemente de la misma lucha que ya han iniciado contra los fabricantes y que se desarrolla cada vez más…” en una exaltación de la lucha económica como generadora de auto conciencia de clase que lo acercaba a los “economicistas” y “espontaneistas” que luego tanto criticaría.  El hecho fue que los acontecimientos desmintieron la afirmación precedente (las huelgas obtuvieron pobres resultados, que los trabajadores aceptaron con cierta resignación y poca conciencia política) y llevaron a Lenin a reflexionar sobre los procesos por los cuales los trabajadores ascienden a la conciencia de clase.  Sus estudios van a culminar en 1902 en el Qué Hacer con una afirmación tajante –de la que luego, en 1907, también se autocriticaría parcialmente- : “La lucha económica contra el gobierno constituye una política sindical que todavía se encuentra muy lejos de la política revolucionaria” y por ello “toda sumisión de la política social demócrata al nivel de la política sindical se resume exactamente en preparar el terreno para hacer del movimiento obrero un instrumento de la democracia burguesa”. Insisto, Lenin no repite a tontas las verdades aprendidas sino que examina la realidad de la lucha de clases y va sacando conclusiones que requieren, para su valoración, del conocimiento exacto de las condiciones en que dicha lucha de clases se desenvuelve.

En 1907 será el mismo quien realice esa labor de contextualización e inscripción del texto en un proyecto político: “El error principal de los que hoy polemizan con ¿Qué hacer? consiste en que desligan por completo esta obra de una situación histórica determinada….Hablar hoy de que Iskra[5] (¡en 1901 y 1902!) exageraba la idea de la organización de revolucionarios profesionales, es lo mismo que si después de la guerra ruso-japonesa se reprochase a los japoneses haber exagerado la fuerza militar de los rusos….los japoneses si querían lograr la victoria tenían que reunir todas las fuerzas contra el máximo posible de fuerzas rusas…” “Ahora, la idea de la organización de revolucionarios profesionales ha alcanzado ya una victoria completa; pero tal victoria hubiese sido imposible si en su tiempo no se hubiese presentado esta idea en primer plano y no se hubiese expuesto “exageradamente” a quienes impedían ponerla en práctica… En 1898, se celebró el 1º Congreso de los socialdemócratas y se fundó el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia….pero los organismos centrales del partido fueron destrozados por la policía y no pudieron ser restablecidos… El apasionamiento por el movimiento huelguístico y por la lucha económica engendró entonces una forma especial de oportunismo socialdemócrata, el llamado economicismo…” por ello, concluirá, la obra… “está consagrada a la crítica del ala derecha, no ya en las corrientes literarias, sino en la organización socialdemócrata”[6].  Préstese atención que Lenin no resalta las cuestiones gnoseológicas (la clase obrera por sus propias fuerzas solo puede llegar a una conciencia sindical y por eso la conciencia política de clase solo podría ser introducida por intelectuales provenientes de la burguesía que asimilen la ciencia socialista) ni las organizativas (el partido se debe apoyar en revolucionarios profesionales que constituirán el esqueleto de una organización centralizada y conspirativa) sino las políticas: “crítica al ala derecha del partido” que so pretexto de las dificultades gigantescas que el zarismo imponía a los revolucionarios proponían suplantar la política de construcción de una fuerza popular capaz de derrotar el zar y abrir curso a una revolución por la construcción de micro espacios de poder sindical que cambien la vida sin tomar el poder[7].

Y son estos aspectos, los gnoseológicos y los organizativos, los más polémicos de la obra, los que Lenin relativizará en el citado “Prologo…” de 1907, llegando a decir que nunca pensó en darle a las opiniones de 1902 carácter de “principios organizativos” o “propuestas congresales[8], todo lo contrario a lo que hizo el stalinismo para Rusia y buena parte del movimiento comunista internacional logrando que también los opositores teóricos discutieran los mismos temas, perdiendo de vista el sentido político de la obra, aquello que por tener valor metodológico constituye lo perenne. Como decía el húngaro Luckas ya en 1922: “Así pues, marxismo ortodoxo no significa reconocimiento acrítico de los resultados de las investigaciones marxianas, ni “fe” en tal o cual tesis, ni interpretación de una escritura “sagrada”.  En cuestiones de marxismo la ortodoxia se refiere exclusivamente al método[9]”.

¿Y qué es lo metodológico en el Qué Hacer?. Que para llegar al socialismo hay que producir una ruptura revolucionaria y que ese salto social requiere de un alto nivel de conciencia política de las masas, únicas protagonistas de la historia, conciencia política que no brotará espontáneamente de la lucha sino de una batalla cultural, anclada en la lucha de clases real, que requiere de una fuerza organizada para tal fin.  El partido debe ser ese un instrumento de las masas para acumular fuerzas hacia  la revolución socialista,  no un fin en sí mismo o al servicio de políticas reproductivas del sistema tales como el sindicalismo, el mutualismo o cualquier otra forma de movimientismo. La fuerza capaza de desplegar un proyecto político revolucionario, deberá estar dotada de una cultura política antagónica a la de dominación, ser capaz de desplegar su actividad en cualquier condición de la lucha de clases y sus caracteristicas organizativas estarán condicionadas por las necesidades que el proceso de construcción del proyecto impongan, pero se basará –ineludiblemente- en la creación y el esfuerzo de los militantes revolucionarios. Un partido de nuevo tipo, antagónico a los de la burguesía y distinto a los que modeló el reformismo hegemónico, a fines del siglo XIX,  en la II Internacional. Un partido para la revolución.

Tres

En 1973, a pocos días del triunfo electoral de la formula Cámpora / Solano Lima, momento más que contradictorio en la lucha de clases argentina, se publicaron cuatro textos que refieren a los debates de Qué Hacer. Dos de ellos con una relación explícita y directa: el folleto de Oscar Arévalo, entonces secretario de propaganda y virtual ideólogo oficial del Partido Comunista, “Organización e ideología revolucionaria” y un articulo, “El Partido revolucionario en Lenin” de Antonio Carlo, publicado en ’’Pasado y Presente” numero 2/3  del IV año de la revista donde actuaban Juan Carlos Portantiero, José Nún y Pancho Aricó, entre otros intelectuales marxistas de la nueva izquierda y dos trabajos que pretendían fundamentar una estrategia para la situación planteada con la derrota de la dictadura y el avance popular en curso, y que por ello mismo no pueden dejar de considerar los debates aquí analizados: “Poder burgués y poder revolucionario” de Mario Roberto Santucho, dirigente máximo del Partido Revolucionario de los Trabajadores y un libro de Ernesto Giudice, “Carta a mis camaradas” en el que éste fundamenta su renuncia al Partido Comunista, del que fue dirigente nacional por décadas.

Santucho y Arévalo, aunque parezcan defender posiciones antagónicas, coinciden en un mismo enfoque:  los hechos que suceden ante su vista son la confirmación de las afirmaciones y previsiones realizadas; y es el fortalecimiento de “su” partido, la garantía del transito revolucionario, ya que ellos son la vanguardia revolucionaria.

Las dos cuestiones centrales del Qué Hacer para el stalinismo: la externalidad del partido a las masas, desde la ideología científica a la que las masas jamás podrán acceder por sí y una estructura organizativa centralizada donde la pirámide está invertida (es el centro el que decide y no el que ejecuta las decisiones democráticamente construidas por el conjunto de la militancia) aparecen influenciando de un modo decisivo el pensamiento de ambos dirigentes, aunque la autoproclamación de vanguardia, la subestimación de los procesos populares autónomos y el centralismo no democrático estaban integrados a proyectos políticos y posicionamientos tácticos distintos, casi opuestos.

En Oscar Arévalo y el Partido Comunista Argentino, funcionaba como un reaseguro de la estrategia de frente democrático nacional y saturación del estado burgués por infiltración pensadas como modo de realizar las reformas democráticas que nos deberían llevar a completar el desarrollo capitalista de un modo “natural” y no “deformado por el peso del latifundio y la dependencia del imperialismo”[10].  Para justificar la alianza con la llamada “burguesía nacional”, y sus expresiones políticas y sociales: radicales, peronistas, burócratas de la C.G.T., etc. había que autoproclamarse “el Partido”, y esa operación se legitimaba –supuestamente- en la ideología.  La ausencia de democracia, era imprescindible para mantener a raya a aquellos que rompieran con el sofisticado control ideológico, tal como acababa de ocurrir con el propio Ernesto Giudice.

Escribía Oscar Arévalo “Está en pie, y se desarrolla, contra viento y marea a pesar de los años de clandestinidad, el Partido que en Argentina, presente con su programa, con su línea y con su organización en los cuatro puntos cardinales del país, representando los auténticos intereses del pueblo y de la Nación, se esfuerza por llevar a la vida la inagotable enseñanza del leninismo.  Aquí, como en todas partes, los comunistas enfrentamos una campaña minuciosamente orquestada por el imperialismo y la reacción, a los que sirven los oportunistas de derecha y los vociferantes de la “ultra” pequeño burguesa, que en última instancia apunta contra el papel del Partido en la lucha de clase del proletariado y las luchas populares contra el imperialismo, por el progreso nacional… Se ha llegado a un punto en que la reacción, en el afán de reconquistar posiciones ayuda a nacer a grupos que se titulan marxistas, socialistas, etc. para ver si así puede captar alguna influencia y desviar.  Así hay que entender el planteo que ahora algunos políticos agitan mucho sobre “socialismo nacional” aunque dando a esa expresión contenidos muy variados y –en algunos casos- abiertamente reaccionarios”[11]

Está claro ¿no?: Oscar Arévalo pretendía que el Partido Comunista era la vanguardia revolucionaria por la recta aplicación del leninismo, y que todos los que pretendían disputarle ese lugar de vanguardia, no serían otra cosa que grupos creados por la reacción. De allí la intolerancia hacia la izquierda y la infinita “paciencia y comprensión” con el “progresismo” radical o peronista que caracterizaba al Partido Comunista previo el viraje del XVI Congreso.

En Santucho, la autoproclamación de vanguardia era utilizada para legitimar una propuesta de “lucha armada para tomar el poder” por parte de una organización revolucionaria que acertaba en la centralidad de la cuestión, pero confundía voluntad con realidad y erraba en colocar la forma de lucha por encima del proceso de construcción de la fuerza capaz de ejercerla; si acaso fuera necesario, y posible.

En el “Curso de formación político ideológica del P.R.T.”[12] se definen tres caracteristicas del partido.  Dicen “en primer lugar, se trata de un partido clandestino, destinado a conquistar el poder obrero, no por las elecciones sino por la violencia. Naturalmente que el partido deberá saber aprovechar todas las formas legales o semi clandestinas de lucha…Pero en lo esencial “todas las cuestiones importantes de nuestro tiempo se resolverán con las armas en la mano como dijo León Trosky…en segundo lugar un organismo de revolucionarios profesionales. Es decir de gente que haga de la revolución la causa fundamental de su vida, que entregue todos sus esfuerzos, todas las horas de su vida y su vida misma a la causa proletaria….en tercer lugar, una organización férreamente disciplinada…centralismo democrático…”. Y se afirma que “Estos conceptos centrales de la teoría del partido…fueron elaborados por Lenin en el folleto Qué Hacer de 1902”[13].  Se adjudica a Lenin un modelo organizativo “de principios” y atemporal, cuestión que él había refutado en 1907, convalidando el erróneo prejuicio de que eran cuestiones organizativas las tratadas en el texto de 1902.

Y será en Poder burgués y poder revolucionario que Santucho afirmará tajantemente que es el suyo el partido de vanguardia. Refiriéndose al rol del Partido de los Trabajadores (Comunista) del Vietnam dirá: “Los argentinos contamos también con el núcleo fundamental de un partido similar, del partido proletario de combate que llevará al triunfo de nuestra revolución antiimperialista y socialista.  Es el PRT, forjado en nueve años de dura lucha clandestina, antidictatorial, antiimperialista y anticapitalista, que cuenta hoy día con sólida estructura nacional, varios miles de miembros activos, varios centenares de cuadros sólidos, tradición y experiencia de combate, correcta línea política estratégica y táctica, marcadas caracteristicas y moral proletaria y una profunda determinación de vencer afrontando todos los sacrificios necesarios”[14]

Aquí no solo se proclama vanguardia, sino que pretende desprender la decisión de poner la forma de lucha armada por encima de toda otra cuestión política de la propia obra leninista de 1902: “en primer lugar, se trata de un partido clandestino, destinado a conquistar el poder obrero, no por las elecciones sino por la violencia” y que para ello se utiliza la analogía entre Vietnam y Argentina, enfoque metodológico que no  por repetido deja de ser errado y estéril, como se volvió a demostrar con las analogías realizadas sobre las luchas de Diciembre de 2001 y la revolución de 1905 o el Febrero de 1917 en Rusia como analizaremos más adelante.

Por el lado de Antonio Carlo y el grupo de Pasado y Presente se hace el centro en la cuestión “gnoseológica” (cómo se genera la conciencia de clase: desde la práctica propia y autónoma –en el sentido de autosuficiente- o desde una vanguardia externa a la lucha de clases real asistida por intelectuales provenientes de la burguesía) en una reflexión que hoy se puede leer como anticipación de la negación de las vanguardias y la organización revolucionaria en nombre de la supuesta auto organización y procesos de autoconciencia que hoy hace John Holloway y sus seguidores locales[15].

“En general se sostiene que las tesis definitivas de Lenin sobre el problema (el de la relación vanguardia masa, Nota del autor) se expresan en el celebre ¿Qué hacer?, obra bastante discutida, como se sabe: para algunos el ¿Qué hacer? sigue siendo en todos los casos la única respuesta científica dada al problema del paso de “clase en sí” a “clase para si” no suficientemente desarrollado por Marx y Engels: sin embargo para otros este trabajo impregnado de intelectualismo y de idealismo convertido en clásico por la era staliniana está en la raíz de todas las desviaciones burocráticas de la experiencia soviética..  En nuestra opinión el ¿Qué Hacer? es una obra negativa….[16]

Lo paradójico es que se ataca la necesidad de un partido que enfrente la dominación ideológica y luche por elevar la conciencia política de los trabajadores en nombre de una supuesta autonomía que no es otra cosa que la idealización de las masas y la ignorancia de lo que Gramsci llamaba el “sentido común”, el conjunto de ideas y sensaciones que no solo sirven para manejarse en la cotidianeidad más simple, sino que expresan la hegemonía cultural profunda y todo esto desde un colectivo intelectual que quedaría en la historia de las izquierdas como aquel que más hizo para difundir a Gramsci no solo en la Argentina sino en la región[17].

Será Ernesto Giudice en su “Carta a mis camaradas” quien, aparentando ser el más lejano del tema en cuestión, más se acerque a una “traducción”[18] de Qué Hacer para la época: ha surgido una nueva situación con la irrupción de una nueva generación revolucionarizada y capaz de revolucionar; a esta generación no la podrá representar ni organizar ningún partido por separado: ha llegado el momento de una unidad de las izquierdas para gestar una fuerza capaz de incorporar a la Argentina al torrente revolucionario de entonces.  El concepto novedoso en Giudice es este de fuerza[19]: vinculado a la cuestión del poder, separado del anquilosamiento de la cuestión partido o de la desarticulación irresponsable.

Cuarto

De paso, porque el asunto merece un articulo tan o más largo que este, digamos que en el tema de partido hay una identificación casi absoluta entre Antonio Gramsci y Vladimir Ilich Lenin como se puede intuir en los párrafos siguientes[20]: “Autoconciencia crítica significa, histórica y políticamente, la creación de una elite de intelectuales; una masa humana no se distingue  no se torna independiente per se, sin organizarse (en sentido lato), y no hay organización sin intelectuales, o sea, sin organizadores y dirigentes, es decir, sin que el aspecto teórico del nexo teoría-práctica se distinga concretamente en una capa de personas “especializadas en la elaboración conceptual y filosófica”.  Pero este proceso de creación de una elite de intelectuales es largo, difícil, lleno de contradicciones, de avances y retrocesos, desbandes y reagrupamientos, y en el la “fidelidad” de las masas (y la fidelidad y la disciplina son inicialmente la forma que asume la adhesión de la masa y su colaboración al desarrollo de todo fenómeno cultural) es puesta a dura prueba. El proceso de desarrollo está vinculado a una dialéctica intelectuales-masa; el estrato de los intelectuales se desarrolla cuantitativa y cualitativamente; pero todo salto hacia una nueva amplitud y complejidad del estrato de los intelectuales está ligado a un movimiento análogo de la masa de los simples, que se eleva hacia niveles superiores de cultura y amplía simultáneamente su esfera de influencia, entre eminencias individuales o grupos más o menos importantes en el estrato de intelectuales especializados”.

Resalta  la indestructible relación que Gramsci establece entre el movimiento real de la lucha de clases y la construcción del partido, marcando que hay una dialéctica intelectuales-masa que es el modo de decir que el partido (los intelectuales) y el movimiento real de la lucha de clases, la masa, son dos caras de un mismo proceso de construcción de condiciones para la revolución por lo que resultan, por lo menos en el plano de la teoría, y más precisamente para los seguidores de la “filosofía de la praxis”[21] totalmente improcedente la separación, y aún el antagonismo, entre lo social y lo político o la izquierda independiente y social contra la organizada en partidos políticos.

Y en sus notas sobre Maquiavelo dirá directamente: …para que exista un partido es preciso que coexistan tres elementos fundamentales (es decir tres grupos de elementos):   1.Un elemento indefinido de hombres comunes, medios, que ofrecen como participación su disciplina y su fidelidad, más no el espíritu creador y con alta capacidad de organización.  Sin ellos el partido no existiría, es verdad, pero es verdad también  que el partido no podría existir solamente con ellos. Constituyen una fuerza en cuanto existan hombres que los centralizan, organizan y disciplinan, pero en ausencia de esta fuerza cohesiva se dispersarían y se anularían en una hojarasca inútil…   2.El elemento de cohesión principal, centralizado en el campo nacional, que transforma en potente y eficiente a un conjunto de fuerzas que abandonadas a sí mismas contarían cero o poco más…Es verdad también que un partido no podría formado solamente por este elemento, el cual sin embargo tiene más importancia que el primero para su constitución.  Se habla de capitanes sin ejercito, pero en realidad es más fácil formar un ejercito que formar capitanes. Tan es así que un ejercito ya existente sería destruido si le llegasen a faltar los capitanes, mientras que la existencia de un grupo de capitanes, acorde entre sí, con fines comunes, no tarda en formar un ejército aún donde no existe.  3. Un elemento medio, que articula el primero y el segundo que los pone en contacto, no solo “físico” sino moral e intelectual……un partido no puede ser destruido por medios normales cuando existe necesariamente el segundo elemento, cuyo nacimiento está ligada a la existencia de condiciones materiales objetivas (y si este elemento no existe todo razonamiento es superfluo) aunque sea disperso y errante, ya que no pueden dejar de formarse los otros dos, o sea el primero que forma necesariamente el tercero, como su continuación y su medio de expresarse”.

Como Gramsci ha estudiado en profundidad los mecanismos de dominación ideológica, y el sentido verdadero del llamado “sentido común”, distingue los momentos en el proceso de autoconciencia crítica por los que pasan los hombres, y por eso, lejos de toda “horizontalidad” o culto de las “bases”, privilegia los cuadros y la idea de que los partidos se construyen desde un proyecto, es decir desde un núcleo de cuadros.  Uno puede estar de acuerdo con Gramsci o con Holloway, lo que no se puede es pretender estar con Gramsci y con Holloway.

Cinco

¿Cómo pensar las cuestiones centrales del Qué Hacer en la Argentina de nuestros días?  ¿Es decir, cuál es el eslabón de la cadena de iniciativas políticas que permitirían constituir una fuerza popular capaz de abrir paso a un proceso de construcción de poder popular?  ¿Y cuál debería ser la relación entre los partidos revolucionarios y el proceso de organización y combate popular? ¿Entre el partido y la masa?  ¿Y cómo combinar la disciplina con el protagonismo de la militancia? ¿Cómo articular la fuerza del colectivo, actuando con una política única, con la creatividad del militante en su irrepetible individualidad?

Repasemos sumariamente cómo resuelve Lenin estos problemas en 1902 para la Rusia Zarista, reflexionando sobre las luchas habidas entre 1895/96: hay que lanzar una lucha política contra el Zar, hegemonizada por la clase obrera y las fuerzas revolucionarias, pero agrupando a los más amplios sectores populares dispuestos a confrontar; para ello hay que conformar una fuerza revolucionaria agrupando y articulando en una fuerza altamente disciplinada y centralizada –sobre todo para las cuestiones conspirativas-  que permitan burlar la Ojrana[22], que estimule, eduque, organice y conduzca la lucha obrera y popular a la victoria a los grupos dispersos por toda Rusia. Y el instrumento para la unidad de los grupos revolucionarios y para la acción educativa de masas (autoconciencia crítica diría luego Gramsci) será el periódico, el” gran educador y organizador político” de la época.

Y una última observación al pensamiento leninista de 1902, como cualquier lector de Qué Hacer podrá comprobar.  Por la proliferación de citas y referencias, Lenin mira la lucha de clases rusa desde la única revolución popular triunfante hasta entonces: la Revolución Burguesa de 1789, con el gran  protagonismo jugado por los Jacobinos, esos revolucionarios audaces y decididos que estimulan y conducen desde el ejemplo.  No son la vanguardia del pueblo, sino sobre el pueblo.  Y esa perspectiva, junto con el deslumbramiento por Kautsky[23] harían que surjan las “exageraciones” ya criticadas.

Y este es exactamente uno de los problemas centrales de la izquierda argentina: la idea de “portadores” de la ideología revolucionaria que debe “educar” a las masas, que solo pueden llegar a formas espontáneas de lucha y organización, por lo que hay que “dirigirlas”, sigue siendo uno de los modos centrales de pensar el rol de los revolucionarios.

Así han actuado en relación al ciclo de luchas abierto por la Rebelión Popular de diciembre de 2001: idealizando la situación, imaginando “situación revolucionaria”, “crisis revolucionaria” y aún “revolución socialista espontánea”, en un traslado mecánico de los análisis leninistas sobre la revolución rusa de 1905 y febrero de 1917.  Y de esas miradas surgieron las conductas: si hay una masa revolucionarizada que espontáneamente tumba gobiernos y se pone en el umbral de la revolución, es la hora de las vanguardias revolucionarias auto proclamadas.

¿En qué sociedad habrá que construir la vanguardia revolucionaria de la que hablaba Lenin en el Qué Hacer?  ¿Cómo es la Argentina resultante del golpe de estado de 1976, de los siete años de terrorismo de estado y gobierno militar, de la claudicación alfonsinista y la imposición forzada del posibilismo más cínico y claudicante, de la etapa “triunfal” del modelo neoliberal en su versión más osada y brutal del continente: la menemista de 1989 a 1999, y del fracaso estrepitoso de una Alianza que accedió al gobierno de la mano de promesas de pos menemismo?

Porque después de meses de leer sobre una revolución socialista espontánea en curso[24], de situación o crisis revolucionaria[25] conviene recordar que aquí si hubo un genocidio, una derrota, que veinte años de privatizaciones, cierre de empresas, precarización extrema del trabajo han terminado modificando la Argentina, acentuando sus caracteres más reaccionarios[26] y dando lugar a un verdadero “ser social neoliberal” que le da raíces profundas al modelo neoliberal[27].

Como parte del proceso de instalación de esta nueva hegemonía cultural, repetimos desde la secuencia de genocidio, reconversión capitalista, captación de intelectuales y fuerzas sociales y políticas para el bloque de poder, se ha desarrollado en estos años una masiva y sofisticada campaña de desprestigio de las organizaciones políticas revolucionarias, el pensamiento crítico –empezando por el marxismo- y el mismo militante.

Ninguna discusión sobre la política de izquierda y el modo de ser partido, como gustan decir los que se dedican a descalificarlos, se puede hacer desconociendo la hipocresía de una burguesía que mientras se “compraba” militantes, dirigentes y partidos políticos enteros, mientras transformaba el sistema comunicacional en un formidable instrumento de formación de opinión al servicio de su proyecto instalando una verdadera dictadura terrorista de la opinión y que mientras hacía todo esto clamaba contra los partidos de izquierda y el anquilosamiento de un pensamiento que se obstina en pararse desde el paradigma de la lucha de clases y la crítica al capitalismo.

No viene mal repasar que no pocos esfuerzos de “renovación” de los partidos de izquierda y el pensamiento marxista, acaso por ingenuidad, acaso por espíritu “becario”[28] han terminado subsumidos por esta oleada derechista que busca transformar la crisis, irreversible por los cambios estructurales y el fracaso del Pacto de Olivos, del bipartidismo en una reconversión del sistema político al modo yanqui: sin partidos, sin programas, como meras variantes administrativas y eficaces del mismo programa neoliberal y colonizado.

Por lo que conviene reafirmar que la vigencia del Qué Hacer comienza por rechazar todas las variantes de Tercera Vía, y sus expresiones “progresistas” locales: no es “capitalismo serio, humanizado o distribucionista” lo que necesita la Argentina, sino su supresión revolucionaria, socialista, llamada a resolver la postergada liberación nacional.

Y para ese proceso, hace falta una vanguardia revolucionaria. Que no existe, y no podrá surgir del simple despliegue de algunas de las que hoy se reclaman vanguardia por autoproclamación porque nada de lo dicho hasta ahora pretenden evitar el debate necesario sobre los cambios necesarios en la izquierda argentina de hoy, para estar a la altura de la exigencia que la Rebelión Popular de diciembre de 2001 nos ha puesto a todos.

Lejos de la fantasía de revolución que han cultivado muchos, Diciembre 2001[29] se va instalando como una bisagra en la larga historia de la dominación burguesa en la Argentina. Como un punto de llegada de un largo proceso de resistencia, comenzado en el momento mismo del golpe del ’76 y sostenido por pocos en los difíciles días en que caía el Muro de Berlín y Menem llegaba a la Casa Rosada con el apoyo explícito de algunos que posarían luego de ser sus principales opositores[30]; y como un nuevo punto de arranque para una institucionalidad popular nacida por fuera de la hegemonía peronista y radical; y sobre todo, de la lógica que surgía del ciclo de luchas condicionadas por el modo de desarrollo capitalista conocida como “capitalismo distributivo” o “estado de bienestar social a la criolla”: pacto social, protagonismo estatal, respaldo a la burguesía local y estímulos al mercado interno, etc.

Los intentos por actuar al viejo modo, al modo de los ’70 para decirlo de algún modo que exprese una idea de vanguardia como la fuerza que va delante del movimiento popular marcándole el camino con la fuerza del ejemplo y la superioridad ideológica de sus cuadros, han fracasado estentórea mente.

No se trataba de ponerle conducción a una lucha espontánea (en insospechada semejanza al sueño montonero de ponerle conducción revolucionaria al monstruo peronista) sino de jugar un nuevo tipo de rol de vanguardia estimulando la autonomía del movimiento en una dirección de confrontación y ascenso al terreno de la lucha política.

A quince meses de la Rebelión Popular podríamos señalar dos grandes cuestiones (al menos en relación con la reflexión que venimos siguiendo): una es que la lucha y la ruptura cultural en una parte de la sociedad ha conseguido desarticular el sistema de dominación que le permitió a la burguesía salir de la dictadura del ’76 con relativa tranquilidad: el bipartidismo de radicales y peronistas, ayudado en todo momento por el “progresismo” de tinte liberal y populista, pero no ha conseguido gestar una alternativa política propia.

Así las cosas se ha ido creando una especie de circulo vicioso: el nuevo movimiento popular no tiene las fuerzas necesarias para detener las iniciativas del bloque de poder (un ejemplo más que doloroso y molesto, pero ejemplar, son las elecciones del 27 de abril, y su resultado) ni  para ser la base desde donde se geste la alternativa política y por el otro lado, la izquierda dispersa y enfrentada por batallas hegemonistas, no alcanza a constituirse en la base de un agrupamiento de fuerzas que posibilite la constitución de una alternativa política verdadera.

Todos los pases de magia se han hecho, todos los conjuros y las ilusiones en atajos; es hora de asumir que solo una política compleja, consecuente y de principios podrá romper este círculo vicioso que amenaza con empantanar al proceso de relativa ofensiva comenzada en diciembre de 2001.

¿Qué se necesita?, todos lo saben: estimular más resistencia, potenciar la construcción de una nueva institucionalidad popular que sepulte la burocracia sindical y estudiantil, articular un centro coordinador de las luchas que ocupe el espacio que alguna vez ocupo la C.G.T. y que la alianza CTA CCC no puede ya ocupar, ni tampoco quiere.

Pero quince meses de luchas nos han enseñado que con luchas solo no alcanza, que hay que acceder al terreno de la política y que ninguna fuerza de izquierda, social, cultural o política, por sí sola puede resolverlo

La respuesta a nuestro qué hacer es constituir una masa crítica de fuerza revolucionaria, de subjetividad crítica y creadora, por el camino de la creación de una nueva fuerza política que surja de la convergencia de todas las fuerzas de la izquierda real (obviamente que no se limita, aunque tampoco excluye a las fuerzas políticas).

La cuestión del partido hoy no se puede resolver desde ninguno de los existentes por sí solos: solo la sinergia de todos nos puede dar la fuerza necesaria para plantar un verdadero  proceso de acumulación de fuerzas en un país un mundo y una época como la que nos toca vivir.

Una nueva fuerza política que no podrá anular la historia de más de cien años de comunismo[31] en la Argentina con su historia de divisiones y pluralidad, de identidades que nadie podrá desconocer, que seguramente subsistirán largo tiempo pero que tendrán que dar nacimiento a una nueva, síntesis y superación de todas ellas, de carácter antimperialista, y por ello patriótica y anticapitalista.

Una nueva fuerza política que no podrá, por su pluralidad, ser monolítica en el sentido de identidad de discursos y conductas en el movimiento real pero que tendrá que ser homogénea en el sentido de sentirse parte, respetar y potenciar la autonomía de un movimiento popular que solo accediendo al terreno de la disputa política, podrá realizar dicha autonomía.

Una nueva fuerza política que no podrá desconocer el valor del militante y la creatividad pero que deberá encontrar formas de trabajo colectivo que reconozcan la existencia de las identidades y las organizaciones convergentes junto con militantes aislados que estén dispuestos a ser parte de un colectivo que discuta, planifique, actúe y balancee su labor como método de crecimiento de todos

Una nueva fuerza política que no podrá abstenerse de ninguna forma de lucha de clases y que deberá darle a cada una de ellas una sólida base ideológica/cultural:  es esta una batalla de ideas, y ser una fuerza de ideas será nuestra principal arma en la lucha contra el capitalismo contemporáneo.

Una nueva fuerza política que no podrá disciplinar administrativamente ni con autoritarismo pero que deberá construir una cultura del respeto a los acuerdos que generen una disciplina conciente y revolucionaria para poder asumir formas de organización eficaces en la lucha contra el enemigo realmente existente en la Argentina, el mismo que ha cometido un genocidio cada vez que lo ha requerido.  Como el Che quería deberemos ser duros con el enemigo y tiernos con el compañero, y no al revés como ocurre normalmente entre nosotros.

En definitiva, la vigencia del Qué Hacer en nuestros días exige reafirmar el objetivo revolucionario, socialista de liberación nacional, de nuestra lucha; afirmar una estrategia de poder popular como camino de confrontación con el enemigo y de construcción de capacidades subjetivas para el sujeto social de la revolución, que plantea a las fuerzas que se reclaman herederas de la tradición comunista cambiar ellas mismas (en  dirección a lograr nuevas caracteristicas en su forma organizativa y en su relación con el movimiento popular) y aportar a producir el gran cambio: unidad y renovación cultural de los revolucionarios para fundar una nueva fuerza política en condiciones de aprovechar a pleno la oportunidad abierta por la crisis orgánica del capitalismo argentino y la quiebra del bipartidismo radical/peronista.

Seis

Sacar el debate de la eficacia organizativa del terreno de lo interno y organizativo  para plantear que el salto de calidad está en la unidad parece un desatino mayúsculo o en el mejor de los casos una de esas utopías inalcanzables.  Pero es que solo con pasión se podrá salir del atolladero en que nos encontramos.  Solo la pasión nos puede llevar a la unidad de los que vienen de la tradición trotskista con los que hemos mantenido el Partido Comunista contra todas las presiones y el mismo peso de la historia.  Solo la pasión por el poder revolucionario nos puede llevar a poner por delante la lucha anticapitalista a la lucha de capilla por ver quién tiene más méritos para merecer un reconocimiento popular, una inserción del proyecto revolucionario en el sujeto social, que requerirá de un largo y esforzado esfuerzo por mantener y potenciar la unidad de los revolucionarios y desde allí agrupar más y más fuerzas hasta ponernos en condiciones de abrir la disputa real por el gobierno y el poder.

Hasta ahora, el deseo y la pasión militante han estado puestos en una auto satisfacción de grupo o secta (y esto casi es comprensible en las terribles condiciones que ha vivido la izquierda, condiciones de lucha casi animales por la supervivencia), ¿seremos capaces de poner el esfuerzo en crear algo más que grande que nosotros mismos, con las  bellas palabras que Fidel utilizó al explicar la superación/continuidad de su Movimiento 26 de Julio en el nuevo, y unificado, Partido Comunista de Cuba?.

Obviamente, que la respuesta a este interrogante histórico y dramático, no está en el Qué Hacer, está en nosotros.

José Ernesto Schulman

Rosario, 3 de mayo de 2003


[1] Por entonces “socialdemócrata” era el nombre de los partidos revolucionarios, luego comunistas.  “Prologo a la  recopilación doce años” publicado en noviembre de 1907. Tomo XIII de las Obras Completas de Lenin. Edición Cartago de 1960. paginas 96/97

[2] Idem

[3]El horizonte es largo

[4]Proyecto y explicación del Programa del Partido Socialdemócrata”. Obras Completas. Edición Cartago 1960. Tomo II pagina 85.

[5] Iskra era el periódico central del recién fundado Partido Socialdemócrata (luego comunista) ruso.

[6] Lenin. obra citada. paginas 95 y 96

[7] Utilizo la consigna con que John Holloway titula su libro para marcar lo absurdo que significa presentar como novedoso a una de las ilusiones reformistas más antiguas y vulgares.

[8] Del Prologo de 1907 ya citado

[9] Del libro “Historia y conciencia de clase” de Giorgy Lukács. primera edición en 1922

[10] caracterización de la Argentina que, con matices, se mantuvo hasta que el XVI Congreso del Partido Comunista Argentino pasó a definir el país como capitalista y a postular una revolución socialista.

[11] Oscar Arévalo, pagina 23 del folleto citado.

[12] Utilizamos la reedición hecha en 2003 por ediciones Estrella Roja

[13] pagina  43 de la edición citada.

[14] pagina 24 de la reedición hecha en julio de 2002 por  Ediciones La Comuna

[15] sobre el libro “Como cambiar el mundo sin tomar el poder” puede leerse mi posición crítica en Cuadernos Marxistas Nº 12. pagina 21

[16] Pasado y presente. Número 2/3. Julio/Diciembre de 1973. Pagina 303

[17] Investigaciones sobre la historia del marxismo en america latina . Jaime Massardo.  Bravo y Allende Editores. pagina 59.

[18] En el sentido metodológico y no literal

[19] ver mi ponencia sobre Giudice en el panel convocado, y publicado, por Cuadernos Marxistas Nº 8

[20]El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Crocce”editorial Lautaro. 1962.

[21] denominación con que Gramsci nombra la filosofía marxista para eludir la censura. Ha quedado como identificación de quienes se referencian en sus ideas

[22] Policía secreta del Zar, uno de los instrumentos estatales más sofisticados y eficaces.

[23] A comienzo del siglo, Kautsky es el principal dirigente del principal partido socialista de la época, el alemán. Es él el autor de la famosa frase, que Lenin adopta entusiasta: “Pero no es el proletariado el portador de la ciencia, sino la intelectualidad burguesa: “es del cerebro de algunos miembros aislados de esta capa de donde ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos los que lo han transmitido a los proletarios destacados por su desarrollo intelectual, los cuales lo introducen luego en la lucha de clases…De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera en la lucha de clases del proletariado, y no algo que ha surgido espontáneamente de ella. Pagina 34 de Qué Hacer. edición Anteo de 1960.

[24] Análisis de la dirección del Movimiento Socialista de Trabajadores publicado en su pagina web.

[25] Posiciones del Partido Obrero y del Partido Comunista Revolucionario, entre otros.

[26] Uno de los mitos de la política argentina, junto con el de Evita y los Golpes de Estado, ha sido el de una supuesta cultura de izquierda del pueblo argentino, especialmente sus sectores medios que se expresaban –supuestamente- en el progresismo radical y las corrientes más combativas del peronismo.  Desde esa visión casi la cultura progresista era mayoritaria en la sociedad, falsedad que se ha puesto brutalmente de manifiesto en el consenso al golpe genocida del 76 y a los procesos de reconversión capitalista aplicados con brutalidad extrema por los “gobiernos democráticos” sucedidos desde 1983.

[27] Seguimos aquí el razonamiento de Raymond Williams en Marxismo y literatura donde hace referencia a la doble dominación: la ideológica, en un cierto sentido superficial, y la hegemonía cultural que afecta el sentido común, la cotidianeidad, de un modo profundo y estable

[28] los cubanos dicen del que escribe y piensa tal como los aportantes de la beca lo requieren

[29] en contraposición a la fantasía de revolución de la izquierda, le toca el turno a la derecha de fantasear: creen ver en el resultado electoral del 27 de abril la regresión a una situación de hegemonía política absoluta que no es tal, y  no solo por la ruptura cultural, el crecimiento de la izquierda y el nacimiento de una nueva institucionalidad popular; sino también por el descalabro del sistema de dominación vigente desde 1983: el bipartidismo, la alternancia y el cogobierno de peronistas (disciplinados por Menem) y el radicalismo (lo mismo tras Alfonsín).

[30] El grupo hegemónico de la C.T.A. encabezado por Víctor De Gennaro votó las listas del P.J. en 1989 de las que fueron parte con los luego llamados 8 diputados disidentes entre los que estaba el mismísimo Germán Abdala, dirigente del gremio estatal.  El Partido Comunista Revolucionario, expresión política de la Corriente Clasista y Combativa, también votó esas listas por “expresar socialmente la fuerza revolucionaria de la clase obrera contenida en el peronismo.  La CTA y la CCC constituyeron en la práctica el núcleo de conducción de la oposición al menemismo, por lo menos desde la Marcha Federal de julio de 1994 hasta el Congreso Piquetero de La Matanza en noviembre de 2001

[31] desde el 1º de mayo de 1890, convergencia de grupos socialistas y obreros, punto de partida de todas las tradiciones comunistas hoy vigentes.