¿Se puede “cambiar el mundo sin tomar el poder”?


En los años ´80, John Holloway, alcanzó cierta popularidad con sus análisis del impacto del neoliberalismo sobre el movimiento obrero británico. El texto “La rosa roja de Nissan” circuló ampliamente y la tesis de que toda crisis capitalista es, en última instancia, una crisis de dominación que  tratarán de superarla instalando nuevos modos de control laboral y social, mantiene dramática vigencia como la masacre de Avellaneda lo confirma.

En su último libro, “Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder”, presenta una nueva propuesta y para defenderla, realiza el siguiente recorrido: 1) todas las revoluciones del siglo XX fracasaron; 2) el fracaso se debió a la estrategia de tomar el poder para, desde allí, producir los cambios necesarios; 3) el Estado no se puede tomar porque está absolutamente integrado al capitalismo y, más allá de nuestras intenciones, su función es contribuir a optimizar las ganancias capitalistas; 4) la decisión de luchar por tomar el poder impregna a las organizaciones políticas de una lógica que las burocratiza y traslada al movimiento social una línea de acción de actuar al interior del Estado; esta adaptación de los partidos de izquierda los inhabilita para la acción revolucionaria; 5) hay una práctica de resistencia al capitalismo, fuera y lejos de los partidos de izquierda, que se debe estimular para cambiar la vida. Y sintetiza:”Entonces, no es cuestión de crear un nuevo pensamiento, sino de, como dicen los zapatistas, escuchar. Es decir, escuchar la resistencia que existe en todos los ámbitos de la vida cotidiana y de las luchas organizadas. Insisto: el énfasis no tiene que estar en la meta, sino en el cómo de la política”.

Estas propuestas, más allá de que la paternidad sea o no reconocida, circulan ampliamente en el movimiento popular.  Por ello, porque son ideas con encarnadura social a las que Holloway les da voz y formato teórico, nos detendremos en ellas, tanto por lo que nos merezcan de crítica como por lo que nos movilice a examinar nuestra propia práctica, para cambiarla.

En la primera relación que establece: fracaso de las revoluciones con estatalismo, hay, creemos, un error de simplificación: las revoluciones no solo fracasaron (y hay que discutir más las causas múltiples y complejas del fracaso) también fueron derrotadas.  Es decir, cosa que no aparece claro en Holloway,  las clases y la lucha de clases existen, el imperialismo existe, la guerra fría existió, también el bloqueo a la Rusia Soviética, la Intervención extranjera, el sabotaje, la agresión cultural y el fascismo.  Y no solo existió y existe, seguirá existiendo y nadie puede proponer una revolución verdadera sin pensar como enfrentará la lucha de clases, el imperialismo y su acción en todos los terrenos:  económico, cultural, diplomático, militar…

Pero no nos queremos quedar en la orilla de los que se sienten derrotados por el imperialismo (y con ganas de revancha) también nos sentimos fracasados porque los movimientos revolucionarios triunfantes cometieron, en relación al Estado, al menos, tres tipos de errores.

Uno teórico, porque los revolucionarios, en tanto tales, debemos luchar por la abolición del capitalismo y por ende del Estado, imprescindible para la reproducción de las relaciones sociales capitalistas de explotación.  No se avanza hacia el comunismo con más y más Estado y menos protagonismo popular, sino con menos Estado y más protagonismo popular.  Como ocurre hoy en Cuba.

Un error político, porque mantener e incrementar el aparato burocrático estatal, en las condiciones en que el proletariado y el Partido ruso estaban, agotados por la guerra civil(1918/21), devolvió poder a los mismos burócratas de antes, que se atrincheraron en el Estado para sabotear la Revolución.

Y una tragedia ética, porque la lógica de más Estado = más represión, terminó en la sustitución del sujeto social de la revolución por el partido, y del partido por un aparato cada vez más parecido al estatal, que exterminó la militancia y agotó la revolución..

Dicho todo esto, igual queda la pregunta inicial: ¿por qué se pudo abrir paso esta tendencia estatalista? ¿por qué se frustraron las revoluciones?.  Y entonces hay que volver al Che y aquello de que el Socialismo no puede ser solo un mejor modo de distribución de la riqueza, que el comunismo requiere, junto con las tareas económicas y políticas, de la construcción del hombre nuevo,  del despliegue de una cultura revolucionaria de rebeldía que motorice el rol de las masas.  La batalla se perdió en el terreno de la subjetividad y el deterioro de la cultura revolucionaria fue erosionando el socialismo hasta facilitar el desenlace gorbachoviano, provocado por la ofensiva ideológica política imperialista de los ’80.  Y otra vez Cuba nos sirve de ejemplo por lo antagónico.  ¿O no fue la fortaleza de la cultura revolucionaria, y no la economía, y no el poder estatal, y no la diplomacia bipolar, la que salvó el Socialismo en Cuba? .

Holloway acierta en definir al Estado actual como capitalista imposible de “reformarlo”  pero erra de un modo contundente al descartar toda la teoría leninista de la transición desde al capitalismo hacia el comunismo, especialmente aquella idea de que el poder revolucionario deberá ser desde el primer día un Estado que vaya dejando de serlo. Cierto es que el proceso no fue hacia donde él imaginaba, una democracia de nuevo tipo, revolucionaria, sino hacia un sitio exactamente opuesto; pero ello no descalifica, sino que hace más exigente, el diseño de un período transicional donde superviva un cierto tipo de Estado, al cual se le deberán arrebatar una a una las funciones de administración de la cosa pública asumiéndolas un movimiento popular más y más organizado; más autónomo del Estado, justamente. Y esa autonomía del Estado se puede ir conquistando, con organización y alternativa política, desde ahora, construyendo poder popular.

La tendencia del movimiento popular a relacionarse con el Estado de un modo subordinado, tiene en la Argentina una historia concreta. Es la historia del capitalismo argentino.  Del modelo de capitalismo distributivo que se intentó entre el ‘45 y el ‘55, y que dejó sus huellas por largo tiempo, sobre todo en el movimiento obrero y popular  adquiriendo modos de intervención política marcados por la práctica del pacto social y los apetecibles supuestos “equilibrios” de la sociedad argentina.  En la base de la tremenda crisis del sindicalismo y los partidos políticos tradicionales de la Argentina está, justamente, la desaparición de dicho escenario de concertación e integración al sistema.  Se ha creado una gran oportunidad para renovar, de raíz, el movimiento popular y de gestar nuevas formas de intervención política, opuestas a las que inspiraron radicales y peronistas durante un siglo.

Pero ello requiere una estrategia de poder basada en la construcción de autonomía para el movimiento popular y en una enérgica lucha ideológica cultural contra los defensores del continuismo.. Y para esto hace falta un proyecto político, de partidos políticos que asuman de un modo nuevo su rol en los procesos revolucionarios.  No como vanguardias autoproclamadas que “conduzcan” masas incultas y temerosas hacia la “toma” del poder concebido instrumentalmente, sino como promotores de esta autonomía que viene creciendo en los combates de calle hacia un proceso de construcción de poder popular que acumule fuerzas para la batalla, no última pero sí decisiva, por desalojar al bloque de fuerzas que dominan desde siempre el Estado burgués e instalar al poder popular en su lugar, no para reproducir las mismas lógicas de dominación sino para luchar por su reemplazo con nuevas formas de gestión y conducción de la cosa pública.  Convenciendo, arrastrando, defendiendo con la movilización popular la revolución naciente.  En lenguaje de Antonio Gramsci, construyendo una nueva “hegemonía”, ahora de la mayoría sobre la minoría, de la nación sobre el imperialismo, de la revolución sobre la contrarrevolución..

Aciertan Holloway y sus seguidores locales, al afirmar que la solución de este problema no es una cuestión teórica sino de efectiva incidencia política.  De acuerdo a la estrategia de poder será la política de acumulación de fuerzas, o viceversa, en la política real se puede adivinar la estrategia de poder (o de no poder) que cada uno tenga.

Uno de los pocos dirigentes sindicales que habla de la cuestión del poder, Víctor De Gennaro, ha elaborado una particular visión sobre el tema del poder popular.  Lo concibe como una acumulación de fuerzas para el movimiento social, pero no para orientarse a la destrucción del poder burgués, sino para “recuperar los equilibrios perdidos[1]”.  De allí su eterna recaída en ilusiones políticas centristas (su compromiso con la Alianza fue más que explícito) y su política de buscar “socios” en el poder mismo, para causas justas y humanistas como el subsidio para los desocupados, que terminan dividiendo al movimiento popular y debilitando la imprescindible identificación del enemigo.  No es un problema de maldad o cobardía la ausencia de la CTA de los hechos del 19 y 20 de diciembre de 2001 o del 26 de junio de 2002, es una consecuencia lógica de una política de “construcción de poder popular” sin confrontación con el enemigo,  que por buscar “socios” en el poder, agrede una y otra vez a la izquierda realmente existente.

Por su parte Luis Zamora se ha concentrado en la crítica a los partidos de izquierda.  El dirigente de Autodeterminación y Libertad desarrolla un agresivo discurso contra los “aparatos” de la izquierda, so pretexto de las deformaciones y límites conocidos, y como justificación de la  practica consecuente de desaliento a toda iniciativa de unidad política.  La cuestión requiere dos miradas: una sobre las críticas y otra sobre las propuestas.

Uno puede coincidir en muchas de las críticas que se hacen a los partidos de izquierda: tendencia al dogmatismo, al electoralismo, poco espacio para el debate, etc.  Treinta años de militancia en la izquierda proporcionan material para suscribir lo de Zamora y aún más, para escribir un tratado de errores y deformaciones de varios tomos.  Pero eso es una parte de la verdad, la otra parte, oculta por Zamora, es que estos mismos partidos son los que resistieron el “posibilismo” de Alfonsín, la oleada neoliberal de Menem y el aluvión “progresista” de De la Rúa; que son los que más aportaron a la resistencia, y no solo a la lucha sindical, piquetera y popular, también a la resistencia cultural/ideológica.

Y volvamos a Holloway: aquí también vale eso de que más “derrotados” que “fracasados”, aunque la oportunidad interpela a la izquierda a mantener sus virtudes y superar sus límites y defectos: la autoproclamación de vanguardias, el seguidismo a variantes progresistas, el sectarismo autista, la manipulación de los movimientos sociales y el utilitarismo de la militancia.  Y podríamos seguir.

Pero, ¿es por el camino que propone Zamora que se resolverán nuestros problemas?.

El culto a aquello de “vox populis, vox dei” ya se lo escuchamos a Chacho Alvarez; la exaltación de lo “micro” en la construcción de poder era comprensible en los periodos iniciales de la Resistencia al neoliberalismo, pero la construcción de alternativa verdadera requiere de la visualización de la integralidad de las políticas de dominación para así oponer un vasto bloque popular que confronte con todas las políticas, y en todos los terrenos; el respeto a la militancia y los debates democráticos son imprescindibles pero ello requiere de organización, métodos nítidos de toma de decisiones y responsabilidades compartidas y balanceadas con la militancia.

Creemos que así no se renueva el pensamiento y la práctica de quienes, como Zamora, vienen del campo de un troskismo que en la Argentina ha transitado largamente los senderos de la auto proclamación de vanguardia autista.  El aislamiento de cada fuerza tras la ilusión de convertirse en vanguardia por autoproclamación, la ambición de acceder a posiciones institucionales por la mera vía electoral sin ningún compromiso con la construcción de base, la tentación de aprovechar fisuras en el campo enemigo para instalar algún referente por vías mediáticas, etc.; son todas prácticas que la izquierda ha practicado en algún momento del pasado.

Poco después de la Revolución Nicaraguense , en un encuentro con la militancia en Rosario, un comandante Sandinista contestó de un modo contundente la pregunta acerca los caminos de su unidad.  El dijo simplemente: porque queríamos tomar el poder, porque queríamos vencer, porque nos lo pedían nuestros mártires. ¿No será que tras estas sinuosas reflexiones sobre no luchar por el poder y no unir a la izquierda se esconde justamente el deterioro de la voluntad de poder, aquella condición que Guevara consideraba la primera de todo revolucionario, y de todo humanista?.  Porque  luchando por tomar el poder se cambia la vida y se auto transforman los hombres; porque solo cambiando la vida y autotransformándose, los hombres construyen su poder hacer o poder popular, que es un modo efectivo de luchar por el poder, y de cambiar la vida.



[1] documento de debate hacia el Congreso de la C.T.A. de 1.996.  El mismo concepto lo ha repetido infinidad de veces en sus discursos y entrevistas periodísticas.